jueves, 9 de agosto de 2012

10/08/2011


Él caminaba hacia lugar ninguno, sus pies trazaban un camino desconocido, sorteando por entre piedras, charcos y suciedad. La lluvia hacía mucho había dejado de ser suave, ahora castigaba incesante a todo el que se atrevía a cruzar aquellas calles. Su cuerpo, tambaleante, amenazaba desplomarse en el próximo paso, el esfuerzo era casi más de lo que podía aguantar, pero él no paraba, sin saber exactamente porque. A su lado la gente pasaba con prisas y mirada fija en sus propias vidas. Los paraguas eran lo único que impedía que la lluvia se llevara aquellas mascaras de sociedad perfecta. Él lo sabía mejor, veía a través de las máscaras, veía los deseos más oscuros escondidos detrás de las sonrisas, él sabía a donde cada uno se dirigía, conocía todos los secretos del universo, excepto el camino que él mismo tenia que seguir. La verdad es que tenía gracia.

Una iglesia oscura se erguía ahora a su lado derecho, lo que los hombres creían ser la salvación de sus inmundas almas. Las torres apuntaban al cielo nocturno, el agua que caía por las paredes se llevaba consigo la suciedad y la pintura de siglos atrás. En esas paredes, una horda de ángeles de piedra daban la falsa seguridad a los creyentes y alternaban entre la belleza y el miedo a los transeúntes. Él siempre había deseado cruzar aquellas puertas, intentar sentir lo que la fe daba a los humanos, el poder que creían tener por rezar a un dios ficticio, inexistente. Claro está que él nunca arriesgaría algo así por un simple deseo de seguridad, él no lo haría, conocía bien los desastres que ocurrirían si cruzara aquellas puertas, si osara tocar un suelo que, sin querer, los hombres habían salvaguardado de los seres equivocados, habían protegido sus terrenos de la salvación dejándolos abiertos a la desgracia. Ignorantes.

Con una última mirada, él dejó atrás la vista de la iglesia y siguió caminando, apoyándose en sus pies cansados y heridos, dejando su mente a la deriva, su mente que aun seguía vivaz en el cuerpo demacrado. Su cuerpo, congelado en una edad temprana, sufría la maldad del tiempo y de la peregrinación de siglos. Estaba cansado. Ya no aguantaba más. Los ignorantes deseaban el conocimiento, los que lo tenían deseaban tirarse por una ventana. Nadie estaba contento.

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